Tan poca vida. Hanya Yanagihara.
- aroaalmaescritora

- 24 oct 2025
- 2 Min. de lectura
Hoy os vengo con mi opinión personal sobre una de las mejores lecturas de este 2025.
“Tan poca vida”: una herida que se queda abierta
Hay lecturas que se disfrutan, y otras que se padecen. Algunas se olvidan, pero otras se quedan contigo mucho tiempo después de cerrar el libro. Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, pertenece a esa categoría: la de las historias que duelen, que incomodan, pero también que revelan la profunda capacidad humana de amar, incluso en medio del sufrimiento.
Cuatro amigos —Jude, Willem, JB y Malcolm— llegan a Nueva York buscando un lugar en el mundo. Lo que comienza como una historia de amistad y ambición pronto se transforma en algo más oscuro: un retrato descarnado del trauma, la culpa y la búsqueda desesperada de redención.
En el corazón de la novela está Jude St. Francis, un personaje que parece hecho de sombras y luz a la vez. Su pasado está lleno de heridas tan profundas que su sola existencia es un acto de supervivencia. A través de él, Yanagihara nos obliga a mirar el dolor de frente, sin edulcorarlo, sin ofrecernos consuelo.
Leer Tan poca vida es una experiencia intensa, incluso devastadora. La autora escribe con una sensibilidad feroz, casi quirúrgica, que desarma. Cada página se siente como un golpe, y sin embargo, es imposible dejar de leer. Porque entre tanta oscuridad hay también belleza: la ternura en los gestos pequeños, el amor entre amigos que se convierte en refugio, la lealtad que persiste incluso cuando ya no queda esperanza.
Al cerrar el libro, me quedé en silencio. Sentí tristeza, sí, pero también gratitud. Gratitud por haber conocido a estos personajes, por haber sido testigo de su humanidad tan imperfecta, tan real. Pocas novelas logran remover así, dejarte con la sensación de haber vivido algo que no puedes —ni quieres— olvidar.
Tan poca vida no es para todos los momentos, ni para todos los lectores. Pero si te atreves a enfrentarte a ella, descubrirás un espejo de las partes más frágiles de ti mismo. Y quizás, como me pasó a mí, termines comprendiendo que amar —a pesar de todo— también es una forma de resistencia.
¿La habéis leído?
¡Buenas letras y buenas lecturas!









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